La cara de mi hijo

El comienzo de temporada es el momento ideal para hacer promesas que después no cumplirás. Ascensos directos, tripletes, sextetes, fichajes galácticos, abultadas cifras de goles. Por ir adelantando faena, yo ya hice mi promesa y la rompí lo más pronto que pude: dije que escribiría una columna semanal y a la segunda semana ya fallé. Check. 

Es fácil caer en la trampa de las promesas con buena intención. Antes de que naciera mi hijo me propuse reducir el uso del móvil. A ser posible, quería que mi hijo me viera el mayor tiempo posible practicando actividades más edificantes, como leer un libro o arreglar una persiana. Otra promesa fallida. Las posibilidades de ocio durante las diez primeras semanas de vida de tu primer hijo se reducen tanto que resulta imprescindible tener una válvula de escape, un mecanismo de evasión. Imagino que hay a quien le dará por el alcohol y hay quien tirará por la vía de las redes sociales. Yo opté por compaginar ambas. En sus diez primeras semanas de vida he entrado más en Twitter que en los cinco años anteriores y he bebido más cerveza que en mi año Erasmus. 

Como parece que hoy esto va de confesiones, aprovecho para compartir más propósitos incumplidos recientes. Desde hace por lo menos veinte años, cada inicio de temporada veo entero el sorteo de la fase de grupos de la Champions. Con una libretita y un boli, voy apuntando en una tabla previamente dibujada la configuración de los ocho grupos. No recuerdo muy bien por qué, el año pasado me perdí el sorteo. Sí recuerdo que me dio mucha lástima. Me dije muy serio que aquello no se podía repetir y que al inicio de la temporada siguiente debía estar mucho más atento a estos asuntos. Nada que hacer. Llegó el 25 de agosto de 2022 y directamente se me olvidó encender la tele a la hora del sorteo. Al Madrid volvió a tocarle el Shaktar Donetsk y yo tuve que enterarme por la prensa tradicional. Es preocupante mi falta de compromiso con las cosas importantes.   

De vuelta a mi lugar de residencia habitual después de varios meses fuera, a punto de terminar el permiso de paternidad, me he propuesto cambiar esta terrible dinámica. Esta mañana he desinstalado la aplicación de Twitter del móvil, y he cerrado sesión en el navegador. No es la primera vez que intento salir de ahí con mayor o menor éxito. En 2021 llegué a estar casi nueve meses sin entrar, hasta que el Barcelona fue incapaz de renovar a Messi y se me fue el propósito a la mierda. Y aquí estoy otra vez. Volveré a perderme debates imprescindibles que solo se producen allí dentro, y a enterarme el último de la próxima ocurrencia de Díaz Ayuso (y no pasará nada). Será un esfuerzo importante, sentiré que necesito llenar esos breves espacios vacíos con algo que me entretenga de inmediato, pero el propósito lo tengo claro: no quiero echar la vista atrás dentro de unos pocos años y tener la sensación de que, durante estos meses irrepetibles, pasé más tiempo mirando a la pantalla del móvil que a la cara de mi hijo.

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