La mejor manera de ver la NBA

Tengo un amigo que es un fanático de la NBA. Está muy al día de los resultados, conoce a la mayoría de los jugadores, sigue las estadísticas y se mantiene al tanto de los traspasos más destacados. Disfruta mucho de la competición y cuando nos vemos me cuenta las últimas noticias al respecto. Eso sí, su gran afición a la NBA tiene una particularidad: no ve un solo partido de baloncesto.  

Vivimos en un mundo extraño. Se puede ser un gran conocedor de un deporte sin ver o practicar ni un minuto de ese deporte. Yo llevo un ritmo similar, a quién quiero engañar. Leo crónicas, escucho podcasts, sigo a tuiteros especializados, entro constantemente en FlashScore y se podría decir que escribo un blog sobre fútbol, pero no veo fútbol -o muy poco-. Qué queréis que os diga, ahora mismo hay un Barcelona-Elche en Movistar y se me ocurren siete u ocho cosas mejores que hacer. Tampoco es que esto sea nuevo de ahora. Hace casi veinte años, en la época buena del Supermánager, mi amigo y yo nos llevamos una decepción tremenda al enterarnos de que Curtis Borchardt no era negro, quién se lo iba a imaginar. 

En fin. A mi hijo sí que lo veo, por suerte, aunque se me haya terminado el permiso de paternidad. Se acostumbra uno a cualquier cosa, incluso a no trabajar, digo a quién me pregunta qué tal la vuelta al trabajo. Tampoco nos vamos a poner dramáticos ni quiero engañar a nadie: sienta bien salir de casa y pasar tiempo con otros adultos, haciendo cosas de adultos. Supongo que trabajar tres días a la semana desde casa también ayuda. 

Mi amigo, el de la NBA, es padre desde hace unos años, y lleva ya un tiempo haciéndome spoilers sobre lo que iba a vivir yo al unirme al club de los conis (los “con-hijos”). Algunas de las cosas mi amigo me adelantó me han ocurrido y otras no. Pero es bonito ir reconociéndote en sensaciones que previamente te ha explicado un amigo. Otro colega me dijo hace un tiempo que se estaba enamorando de su hijo de tres meses, y yo pensaba que era una manera de hablar. Pensaba. Pero esto último, lo del enamoramiento, ya lo comentaremos otro día. 

Una vez le leí a Enrique Ballester que si a los aficionados de, digamos los Indiana Pacers, les dijeran que hay gente en España que se levanta a las 3 de la madrugada para ver un partido suyo, fliparían. Y con razón: ellos seguro que no lo harían. De hecho, dudo mucho que ahora haya un tío de Wisconsin madrugando para ver el Barça-Elche, la verdad. Estoy de acuerdo con él, y con mi amigo el aficionado al baloncesto americano. Que la mejor manera de ver la NBA es no viéndola. Y que nadie me volverá a mirar en la vida igual que me mira mi hijo a los 3 meses. 

Figo y la palangana de plástico

La semana pasada pasé por primera vez un día entero separado de mi novia y mi hijo. Confieso que me provocaba cierta emoción el pasar unas cuantas horas solo. Mentalmente hice planes sobre cómo aprovechar al máximo ese valioso tiempo a mi bola: lo mejor que encontré fue ver en Netflix el reportaje sobre el fichaje de Figo por el Madrid. En la vida hay que tener claras las prioridades. 

Qué bonitos son los días en los que se cierra el mercado de fichajes. El mercatto, como está de moda decir ahora. Los equipos triunfadores de la temporada anterior tratan de conservar a sus mejores jugadores y de renovar algún puesto renqueante. Los equipos que fallaron son los que suelen dar palos de ciego incorporando a varios jugadores semi-desconocidos, que ilusionen mínimamente a la afición y que den la sensación de que algo se está haciendo por arreglar los problemas del año anterior.

Algo parecido sucede cuando todavía no eres padre y se acerca la fecha del nacimiento. Quieres tenerlo todo bajo control y caes en la trampa de comprar artilugios de todo tipo. Todo parece esencial, imprescindible para asegurar la supervivencia de un recién nacido, desde el esterilizador hasta el sacaleches, pasando por el cambiador, la hamaquita y la mini-cuna de colecho. Toda una industria el sector del bebé, de eso ya hablaremos otro día. En fin, como ese equipo que el año anterior no ganó nada, los padres primerizos tendemos a comprar de más, tratando de cubrir posiciones por adelantado sin haber visto todavía jugar al equipo. 

Por ejemplo: mi novia y yo compramos una bañerita último modelo. De silicona, plegable, fácilmente guardable y transportable (y muchas otras cosas terminadas en -ble). Cerca de los doscientos pavos, la bañerita. Bañamos al niño al cuarto día de vida, y efectivamente, la bañerita cumplía perfectamente su función. La guardamos detrás de una puerta, y efectivamente, la bañerita se plegaba adecuadamente. La cambiamos de habitación, y efectivamente, la bañerita se transportaba cómodamente. 

¿Qué sucedió con la bañerita? Por cuestiones logísticas, pasamos los tres un fin de semana en casa de los padres de mi novia. La bañerita se quedó en casa, así que la madre de mi novia compró por cuatro euros una palangana. En los cuatro días que pasamos allí, bañamos a nuestro hijo perfectamente en aquella palangana comprada en un bazar chino. Por su reducido tamaño y peso, la palangana era muy fácil de guardar, de transportar y de limpiar. Nuestro hijo, no notó la diferencia. Es más, me atrevería a decir que lo disfrutó más. Se podría decir que fue el fichaje más rentable del verano, aquella palangana verde de plastico.

¿Cuál es la moraleja de todo esto? ¿Debería haber comprado una palangana desde un principio, en lugar de la bañerita último modelo? No nos engañemos, a toro pasado es fácil decirlo. Todos sabemos que Florentino no hubiera ganado aquellas elecciones si no hubiera engatusado al socio con el fichaje de Luis Filipe Madeira Caeiro. Nadie recuerda que costó 10.000 millones de pesetas, y que sus mejores años ya los había dado en el Barcelona. Qué más da. Figo no era la palangana, sino la bañerita.    

La cara de mi hijo

El comienzo de temporada es el momento ideal para hacer promesas que después no cumplirás. Ascensos directos, tripletes, sextetes, fichajes galácticos, abultadas cifras de goles. Por ir adelantando faena, yo ya hice mi promesa y la rompí lo más pronto que pude: dije que escribiría una columna semanal y a la segunda semana ya fallé. Check. 

Es fácil caer en la trampa de las promesas con buena intención. Antes de que naciera mi hijo me propuse reducir el uso del móvil. A ser posible, quería que mi hijo me viera el mayor tiempo posible practicando actividades más edificantes, como leer un libro o arreglar una persiana. Otra promesa fallida. Las posibilidades de ocio durante las diez primeras semanas de vida de tu primer hijo se reducen tanto que resulta imprescindible tener una válvula de escape, un mecanismo de evasión. Imagino que hay a quien le dará por el alcohol y hay quien tirará por la vía de las redes sociales. Yo opté por compaginar ambas. En sus diez primeras semanas de vida he entrado más en Twitter que en los cinco años anteriores y he bebido más cerveza que en mi año Erasmus. 

Como parece que hoy esto va de confesiones, aprovecho para compartir más propósitos incumplidos recientes. Desde hace por lo menos veinte años, cada inicio de temporada veo entero el sorteo de la fase de grupos de la Champions. Con una libretita y un boli, voy apuntando en una tabla previamente dibujada la configuración de los ocho grupos. No recuerdo muy bien por qué, el año pasado me perdí el sorteo. Sí recuerdo que me dio mucha lástima. Me dije muy serio que aquello no se podía repetir y que al inicio de la temporada siguiente debía estar mucho más atento a estos asuntos. Nada que hacer. Llegó el 25 de agosto de 2022 y directamente se me olvidó encender la tele a la hora del sorteo. Al Madrid volvió a tocarle el Shaktar Donetsk y yo tuve que enterarme por la prensa tradicional. Es preocupante mi falta de compromiso con las cosas importantes.   

De vuelta a mi lugar de residencia habitual después de varios meses fuera, a punto de terminar el permiso de paternidad, me he propuesto cambiar esta terrible dinámica. Esta mañana he desinstalado la aplicación de Twitter del móvil, y he cerrado sesión en el navegador. No es la primera vez que intento salir de ahí con mayor o menor éxito. En 2021 llegué a estar casi nueve meses sin entrar, hasta que el Barcelona fue incapaz de renovar a Messi y se me fue el propósito a la mierda. Y aquí estoy otra vez. Volveré a perderme debates imprescindibles que solo se producen allí dentro, y a enterarme el último de la próxima ocurrencia de Díaz Ayuso (y no pasará nada). Será un esfuerzo importante, sentiré que necesito llenar esos breves espacios vacíos con algo que me entretenga de inmediato, pero el propósito lo tengo claro: no quiero echar la vista atrás dentro de unos pocos años y tener la sensación de que, durante estos meses irrepetibles, pasé más tiempo mirando a la pantalla del móvil que a la cara de mi hijo.

Tengo que ver más fútbol

Una vez le dije a mi psicóloga que tenía que ver más fútbol. No ella, sino yo. “Tengo que ver más fútbol”, le dije. A lo que ella me respondió que no, que no tenía que ver más fútbol si no quería. Quizás lo que yo intentaba decir es que quería ver más fútbol, o que podría ver más fútbol, pero “tener que”, en el caso concreto del fútbol, era claramente una fórmula equivocada de expresarlo, añadió. Le di la razón. 

Aquello debía ser a finales de 2015, la prehistoria. Se podría decir que me hice caso a mí mismo, y que he seguido viendo fútbol desde entonces. Es probable que a día de hoy vea más fútbol que entonces, incluso. No me canso. En algún momento he llegado a pensar que ya lo había visto todo en el fútbol, y que no me volvería a emocionar lo mismo que me emocioné con Arshavin en la Euro de 2008, por ejemplo. Que los mejores cincuenta partidos de mi vida los había visto ya, y que poco a poco iría cayendo en esa espiral de desinterés que termina cuando no conoces al delantero centro titular de tu equipo. Entonces llegó la primavera Champions del Madrid en 2022 y me puso en mi sitio. Pero de esas semanas locas ya hablaremos otro día, si viene a cuento. 

Catorce meses sin escribir ni publicar nada, en este espacio que creo ya no lee nadie. En el último post hablaba sobre la decadencia de Gareth Bale, creo recordar, un tema que me encanta sacar a la mínima. Habrá que estar atento a la MLS. Me gustaría volver a la rutina semanal, a las 500 palabras, a los chistecitos malos y a chequear de vez en cuando cuántos chinos han terminado en esta web por error. 

He sido padre hace un par de meses, que hay que contarlo todo. Intenté escribir un diario sobre esa pequeña revolución, registrando mis vivencias y sensaciones, pero es difícil ser constante y encontrar algo interesante para contar todos los días, incluso teniendo un hijo. Podría haber sido un buen recuerdo para él, cuando creciera, pero me aburrí a las pocas semanas, tampoco me voy a culpar. A cambio, intentaré explicarme por aquí las cositas de la paternidad primeriza, mezclándolas con actualidad futbolística, aunque no solo, copiando sin rubor lo que hizo Carlos Marzal en Nunca fuimos más felices. No me quedará igual, pero no pasa nada. 

De la primera jornada de Liga confieso que no he visto un partido completo, así que ya empezamos mal. Lo más destacable que he visto en Flash Score han sido los dos goles de Morata y las tres asistencias de Joao Félix, un jugador que estoy empeñado en que me encante (le esperaré el tiempo que haga falta). Tendré que ver más fútbol a partir de ahora, si quiero que esto funcione, no se lo comentéis a aquella psicóloga. Tampoco he encontrado espacio aquí para contar nada sobre mi hijo, pero ya habrá tiempo para eso también.  

Me gusta Schneider

Cuando te quieres dar cuenta, ya se ha consumido una semana de Eurocopa y la sensación es la misma que después de los primeros días de vacaciones: todo avanza muy deprisa, los días ya no te parecen regalos nuevos a estrenar y ya empiezas a intuir la nostalgia preventiva del día que terminan. 

Nostalgia preventiva me da también Gareth Bale, por el jugador que pudo ser y no quiso ser. Bale lo tenía todo para ser el mejor jugador del mundo durante varios años, especialmente esos años de vacío entre el comienzo del declive de Messi y Cristiano y el aterrizaje del próximo crack mundial. Ese era el momento de Gareth, un jugador que es rápido, un portento físico, tiene buen disparo, va bien de cabeza, regatea y probablemente por encima de todas esas cosas, tiene la capacidad de marcar en los partidos gordos. Pero esos años nunca llegaron. De momento, Bale le da la razón a Miqui Otero en Simón, cuando dice que la única manera digna de utilizar el talento es derrochándolo. Eso es lo que siento al ver a Bale con Gales en la Eurocopa, un desperdicio de talento. Espero que algún día sepamos por qué Bale no quiso ser el mejor jugador del mundo. 

Más nostalgia da todavía acordarse de los años buenos de la selección española, que nadie quiere darse cuenta de que fueron ya hace diez años (yo el primero). Por casualidades que no vienen al caso, acabé viendo el España-Suecia en La Cartuja, y hasta me vine arriba comprándome una bufanda conmemorativa. España hizo todo lo que tenía que hacer en un primer partido de Eurocopa: dominar de principio a fin, crear ocasiones y minimizar las del contrario, además de no encajar. Pero faltó el gol que cambia todos los análisis. De lo que más se habló después fue de los pitos a Morata y del estado del césped en La Cartuja. Ahora son todos muy malos y Luis Enrique tiene algo contra el Real Madrid por no haber convocado a Nacho. Si hoy ganamos fácil a Polonia, todo será al revés, pero estas cosas siempre han sido así y no las vamos a cambiar ahora. 

Por terminar hablando de nostalgia, una anécdota. Hace años quedé con un amigo en un bar para ver un Real Madrid-Villarreal. Con este amigo había tenido una gran relación hacía años, pero en ese momento ya estaba algo desgastada por abandono mutuo, cosas de la vida. En un momento del partido, no sé muy bien quién sacó a la mesa un tema algo personal. Quizás nos preguntamos por nuestras novias, o por nuestro futuro a medio plazo, no importa demasiado. El caso es que la conversación se atascó a los pocos minutos y nos quedamos los dos callados mirando la pantalla. Intentando romper ese incómodo silencio, mi amigo me preguntó: “¿Te gusta Schneider?”, y la conversación volvió a fluir. Terminamos de ver el partido agusto y nos fuimos contentos a casa. En ocho días de Eurocopa, ya he intercambiado quince audios por wasap con este amigo. Efectivamente, no nos hemos preguntado por nuestras novias.  

Los Osos de Warwick

El otro día fui a la dentista, y mientras me hacía la limpieza de rigor, me dio un consejo relacionado con mi salud dental: si alguna vez te caes al suelo, procura no caer directamente con la boca porque eso es muy malo para los dientes, me dijo muy seria ¿Para qué complicarme la vida diciéndole que use más a menudo la seda dental o que se compre pasta de dientes en la farmacia, si no me va a hacer caso?, debió pensar la dentista. A estas alturas, consejos sencillos, de primero de primaria: si te caes al suelo, no pongas la boca. Y que pase el siguiente. 

La mayoría de las veces damos demasiadas vueltas a las cosas, y deberíamos simplificar, como mi dentista. Que si perdimos el partido por salir de inicio con tres centrales, o por jugar con los extremos a pie natural. Tendemos a racionalizarlo todo y a buscar explicaciones complejas a lo que sucede en el campo, cuando casi siempre es todo más sencillo. Fuimos peores, no hay más. Mi equipo ha quedado penúltimo este año en segunda y hemos bajado de división ¿Por qué? Porque hemos sido el segundo peor equipo de la categoría, y ya está. 

A Florentino le dijo el otro día Zidane que se iba, y sus asesores debieron de freírlo a consejos sobre el entrenador más idóneo para la próxima temporada. Que si Conte y su salida en corto, que si la capacidad de adaptación de Pochettino. Si te descuidas hasta le han mareado con algún entrenador alemán joven y loco y desconocido que presiona al rival en campo propio desde el minuto uno. No me liéis, habrá dicho Floren, que eso ya lo intenté con Queiroz y Luxemburgo con su cuadrado mágico, y salió como salió. Llamad a Carletto y a otra cosa. Decía David Mata en Twitter que traer a Carletto a estas alturas es como ponerte para salir a la calle esa camiseta que venías usando como pijama. Pero qué más da, simplifiquemos la vida, como Florentino, como mi dentista. Que te caes al suelo, no pongas la boca. Que te quedas sin entrenador, trae a Ancelotti.  

Cuando vivía en Inglaterra me apunté a un equipo de baloncesto local, los Osos de Warwick. John, el entrenador, debía de ser amigo de Florentino o de mi dentista, porque su filosofía a la hora de dar consejos era la misma. En uno de los primeros partidos de liga, perdiendo de veinte antes del descanso, John pidió tiempo muerto. A decir verdad, el partido estaba siendo un desastre, porque nos costaba mucho anotar y perdíamos pases constantemente. Nos dirigimos al banquillo en busca de soluciones y las indicaciones del míster fueron de una sencillez abrumadora: “hay que anotar más”, empezó diciendo, “ah, y perded menos pases”, añadió al concluir el tiempo muerto.

Salimos a la cancha con esta información y, efectivamente, terminamos perdiendo el partido por cuarenta puntos o más. Creo que no volví a jugar nunca con ellos y tampoco preguntaron nunca por mí, así que fair enough, Osos de Warwick. Por lo menos no me caí de boca en el último partido. 

Volveremos (a sufrir)

Ver fútbol es un constante sufrir. Sufres porque el equipo que quieres que gane no gana. Sufres porque el equipo que no quieres que gane sí que gana. 

Sufres al ver la clasificación. Los puntos de ventaja que tu equipo tiene sobre los puestos de descenso te parecen pocos, siempre insuficientes. Sufres al ver el calendario. Temes a los partidos contra rivales de la parte alta, pero temes todavía más a los partidos contra rivales directos. Temes hasta los partidos contra el Mirandés, que nunca se juega nada. 

Sufres por si no llegarás a casa a tiempo a ver el partido, y te tocará verlo grabado, sin poder mirar Twitter ni consultar en Mismarcadores los cambios en la clasificación en directo. Esto lo sufres en silencio, porque no quieres hartar a tu novia con tus manías, ni quieres tampoco que el resto de gente piense que eres el típico tío que se va a casa corriendo a ver el fútbol, aunque lo eres. 

El buen sabor de una victoria dura poco en comparación con el temor de la potencial derrota en la jornada siguiente. Si hacemos balance, con el fútbol sufres mucho más de lo que disfrutas, al final de una temporada. 

A falta de una jornada para terminar la Liga, mi equipo ha bajado de categoría. Llegamos al final de temporada con las opciones intactas. Sin embargo, en el momento clave, encadenamos una racha inesperada de cuatro derrotas seguidas, con 0 goles a favor y 8 en contra. A mitad de esta racha terrible cambiamos de nuevo de entrenador, por ver si generaba algún tipo de reacción. Imagino que esperaban provocar algo parecido a lo que generó Luis Aragonés antes de la Final de la Euro 2008 contra Alemania, cuando les dijo a los jugadores en la charla previa al partido que le daba igual que no jugara Wallace, porque si no jugaba Wallace saldría otro que correría más que él y sería aún más peligroso. Evidentemente, Luis quería decir Ballack pero lo llamó Wallace, aunque eso nos debería dar igual, porque la charla funcionó: España salió a tope en la Final, nos la llevamos por 1-0 y ahí empezó todo lo que vino después. Aquí no funcionó: echamos a Garrido, trajimos a Escobar, no sé qué les diría antes del partido, volvimos a perder contra el Rayo y descendidos matemáticamente a falta de un partido. 

Y ahora qué hago con todo ese tiempo invertido a lo largo del año, me pregunto. Esas tardes enfadado porque no hay nadie que remate los centros de Marc Mateu. Esas horas de sueño perdidas, quedándome hasta tarde para ver el partido grabado medio dormido después del capítulo de El cuento de la criada. Voy a descansar un poco del fútbol, me digo ayer mismo. Me voy a tomar la Euro con calma y la temporada que viene no pienso abonarme a Footters. 

El mismo día que pienso esto me veo haciendo planes con un amigo para ver la Final de la Europa League y comprobando qué pinta tiene el estadio del Atlético Sanluqueño, que el año que viene iremos allí de visitantes. No aprendo. Volveremos (a sufrir).

N’golo Kanté y una rana

Una amiga caminaba una noche por una calle un poco oscura y le pareció ver una rana en el suelo. Se paró en la acera y comenzó a acercarse a la rana muy poco a poco, con cuidado de no asustarla, para verla de más cerca. Cuando su cara estaba ya a escasos centímetros del animal, mi amiga se dio cuenta de la confusión: lo que había en la acera no era una rana sino una caca de perro. 

La vida está llena de confusiones y malentendidos. Hacia el final de una larga y dura noche de fiesta con mi hermana, lo único que yo alcanzaba a balbucear era algo parecido a lo siguiente: “¡Quiero movida!”, no paraba de repetir. Ante su petición de aclaraciones, mi respuesta solo era: “¡Movida pa mi boca!”. Mi hermana, alarmada por mi sorprendente y repentina búsqueda de drogas duras, me pidió que le hablara claro de una vez. A qué venía todo aquello y qué tipo de movida era la que quería meterme en la boca. Todo se aclaró cuando me encontré de frente con una barra de bar llena de comida: la única coca que me apetecía meterme en la boca era la de tomate. Movida pa mi boca se ha convertido en parte de nuestro vocabulario habitual, evidentemente.

Hay cosas que no son lo que parecen. Nos volvió a pasar algo parecido esta semana con N’golo Kanté. A base de repetir su parecido físico y de posición con Claude Makélélé, nos hemos creído que son el mismo jugador. También nos afecta, claro está, aquello que tan bien contaba Enrique Ballester sobre los negrocampistas: si eres negro y juegas de centrocampista, van a destacar tu físico, no importa lo que hagas con tu carrera. Después de la exhibición técnica de Kanté en las semifinales de Champions, igual ya no se nos olvida lo bueno que es N’golo con la pelota, pero lo dudo. Hay cosas que no son lo que parecen y hay cosas que no cambian. 

Hay otras cosas que sí cambian, y me parece bien. Hace unas semanas, por ejemplo, me sorprendí a mí mismo cogiendo un Cabify en la puerta de casa para ir directamente a una tienda de juegos de mesa, hecho que no supe si interpretar como adaptación perfecta al mundo moderno o de estupidez suprema (todavía no lo he resuelto). 

Más muestras de aceptación del cambio y de adaptación al mundo moderno: precisamente para ver las semifinales de Champions invité a casa a un tío que había conocido hace poco y con el que me había llevado bien. Le mandé un mensaje antes del partido para preguntarle qué le apetecía para cenar y fue ahí cuando recordé que el chico era vegano. En un gesto que me honra, no cancelé la cita ni nada, sino que preparé una ensalada para los dos, y así pasamos la noche del martes, viendo al bueno de Kanté no fallar ni un pase mientras nos comíamos una ensalada tropical. Al final, para pasar una buena semana, todo se reduce un poco a esto: comer sano, no drogarse, ver un par de buenos partidos de fútbol y asegurarse de que lo que vas a acariciar es efectivamente una rana y no una mierda de perro. 

Qué opinará Neville de la Superliga

Gary Neville, el ex-jugador del Manchester United, habló ayer de la Superliga para decir que le parece una absoluta desgracia, pura codicia, y que es un acto criminal de los clubes involucrados hacia los aficionados. No seré yo quien se ponga a matizar al bueno de Gary. Aprovecho la ocasión para contar que cuando viví en Inglaterra conocí a otro Neville (en este caso, era su nombre de pila). 

Los miércoles, al salir del trabajo, nos juntábamos unos cuantos en el instituto de Kineton para echar un partido de fútbol 7. Estos partidos tenían la mezcla perfecta de colegueo y competitividad. El nivel de los jugadores era aceptable y había siempre buen ambiente. Jugar a cero grados bajo una lluvia fina de enero era un aliciente más. La media de edad en estos partidos era de unos treinta años. Neville rompía esta tendencia. Alto, zurdo, algo lento pero con buen pie, discreto y con cierto parecido al John Locke de Perdidos, debía estar cerca de los cincuenta, pero daba el nivel. 

Una tarde de septiembre, hacia el final de un partido igualado, Neville y yo fuimos fuerte a por un balón dividido. Los dos saltamos al mismo tiempo y caímos juntos al suelo. Yo no me hice nada. Nada más tocar el suelo, Neville gritó. Me levanté con prisa y miré atrás. Neville se agarraba la pierna sin dejar de gritar. El pie izquierdo le colgaba en un ángulo extraño. Le había roto el tobillo a Neville. 

No me desmayé al verlo, pero faltó poco. Enseguida nos organizamos para llevarle al hospital. Acordamos que lo mejor sería que alguien cogiera el coche de Neville y se lo llevara de vuelta a Oxford (de donde él era). No tuve más remedio que presentarme voluntario. Metimos como pudimos a Neville en el asiento del copiloto de su Mercedes años 80 y me puse al volante. Yo no conocía mucho a Neville. Le acababa de romper el tobillo y ahora tenía que llevármelo en su propio coche durante una hora y media de viaje hasta Oxford. Temía que, en cuanto nos quedáramos solos, me gritara, me insultase, me dijera que era un inútil y que me iba a denunciar por violento. 

No sucedió nada de eso. Al minuto de arrancar, me dijo que no me preocupara en absoluto. Que sabía que había sido fortuito, mala suerte, que yo no tenía culpa de nada. Y cambió de tema al instante. No lloré al escuchar esto, pero faltó poco. Me preguntó por mi ciudad, por mi anterior trabajo, por mi equipo de fútbol. Debía de dolerle el tobillo horrores, pero no se quejó ni una vez, no me reprochó nada. Llegamos a Oxford y hasta me presentó a su mujer. Me dio una lección de elegancia, de generosidad, de empatía, de muchas cosas más, difícil de igualar. 

Poco elegantes, poco generosos, poco empáticos, han estado esta semana los doce grandes clubes europeos que han anunciado la creación inminente de la Superliga europea. Por no aburrir, no voy a repetir aquí todos los argumentos que ya se están dando por todas partes en contra de este triste plan, pero os los podéis imaginar. Me pregunto qué opinará Neville sobre la creación de la Superliga europea de fútbol.

Vinicius y los gofres

Hay gente que hace una cola muy larga para comprarse un gofre con forma de pene. Aparentemente, el gofre en sí no tiene nada de especial en cuanto a propiedades o sabor. Simplemente, tiene forma de pene. Lo vi el otro día en un video del Whatsapp: gente en Valencia esperando durante horas para comerse un dulce con forma de polla gigante. Pensé que algo así solo podía ser cosa de valencianos y que esta moda no llegaría a la ciudad en la que vivo. Por supuesto, me equivoqué. 

Alguien acostumbrado a equivocarse es Vinicius Junior. Algo tiene Vinicius que hace fácil identificarse con él. Yo creo que es esa capacidad de fallar una vez más, cuando parece que ya no se puede equivocar otra vez. No tengo el dato a mano, pero sí la impresión de que los cinco primeros goles que marcó con el Madrid fueron de rebote. Remates que iban a fuera de banda que terminaron en la portería tras golpear en un defensa. 

Todos cometemos errores; lo ideal sería no repetirlos y aprender de ellos. Vinicius falla constantemente porque se cree mejor de lo que es. Vinicius falla mucho, también, porque afronta cada jugada como si fuera el último minuto de una final que su equipo pierde por 0-1. Ninguna de estas dos cosas es necesariamente mala: demuestran una confianza en sus capacidades que ya nos gustaría tener a muchos. 

Por cosas de la vida, terminé haciendo una tesis doctoral. Terminar la tesis me costó dios y ayuda porque constantemente cometía errores de principiante en los planteamientos y en los cálculos que retrasaban todas las fechas de entrega. Con la tesis ya terminada, el día que imprimí y encuaderné la primera versión, mi supervisora me llamó a su despacho para avisarme de otro error grave en un cálculo crucial. Me vine muy abajo. Pensé que los evaluadores -que ya tenían sus respectivas copias- se darían cuenta e invalidarían todo el trabajo hecho durante los cuatro años anteriores. Tuve ganas de quemar la copia que tenía en mis manos y mandarlo todo a la mierda. Creo que hasta lloré. 

No ocurrió nada. Los evaluadores no se dieron cuenta del error. Mi supervisora y yo corregimos el fallo discretamente y volví a imprimir la versión arreglada. A veces te equivocas, todo parece muy grave, y no sucede absolutamente nada.

Vinicius tiene solo veinte años y ha estado a punto de convertirse en un meme. Cada error ridículo delante del portero se añadía a la ristra de errores ridículos anteriores, sin importar la cantidad de buenas jugadas que hubiera hecho entre medias. Hace poco lo sentencié, diciendo que en su carrera solo aspiraba a ser el quince o el veinte mejor jugador del mundo, como si eso fuera poco. Parece que tenemos prisa por ver a la gente fracasar. Vemos a alguien hacer cola para comerse un gofre con forma de pene y ya pensamos que todos los gofres que se comerá en su vida tendrán forma fálica. Y no. La gente aprende.

Vini vivió su gran noche la semana pasada contra el Liverpool. Un gran gol, mezcla de velocidad, control y definición nos dejó a todos con la boca abierta. Después marcó otro, llegando desde atrás, y el fin de semana le complicó muchísimo la vida al Barcelona saliendo rápido al contraataque con el balón bien controlado. Al marcar su primer gol contra el Liverpool, no se volvió loco en la celebración y sonrió a cámara con tranquilidad. No sé de qué os sorprendéis, parecía decirnos, yo siempre he sido así de bueno.